www.ambiente.us  OCTOBER | OCTUBRE 2008

¿Por que las lesbianas parecen invisibles?
Por Paula Jiménez

Sin repetir y sin soplar, el
intento de enumerar
lesbianas argentinas
conocidas públicamente
se agota en pocos nombres.
¿Dónde están? La
invisibilidad, el amor
camuflado en amistad, si
bien ayuda a eludir la
discriminación, también
empuja a sufrirla. No ser, no
estar. En los últimos años, y
gracias al aporte de
algunas famosas y muchas
militantes, la silueta de las
lesbianas se comienza a
dibujar más nítida. Tal vez
en unos años ya no se necesiten gafas con más aumento.         

Ayer, en el colectivo, una mujer le pegó un pisotón a otra sin querer y se disculpó. La afectada le respondió
con tono suave, veladamente furioso: “No se preocupe, señorita, soy transparente”. No sólo las lesbianas,
recordé gracias a esta señora, sufrimos la invisibilidad. La transparencia es casi un atributo femenino. La
anorexia, que es una patología que hace de lo incorpóreo su horizonte, podría estar denunciando
metafóricamente este destino trazado para cualquier mujer capaz de reducir hasta lo increíble su espacio
personal. Por otra parte, esta transparencia se ve fomentada desde el sistema hegemónico que niega
entidad de “mirable” o existente a todo aquello que exceda sus parámetros. Contrariamente a sus
designios, el fin de hacernos visibles es poner el cuerpo y con él tomar cartas en el asunto. En el resto de
los asuntos. Según Analía (40, psicóloga): “Para lo que importa la visibilidad lésbica es para dejar de
pensar en la visibilidad y ocuparnos de otras cosas”.        

Lo esencial, ¿es invisible a los ojos?        

Este año, el lema de la Marcha del Orgullo ibérica fue “Por la visibilidad lésbica”, y en la Plaza de España de
Madrid se proyectó un video titulado Orgullosas de ser, en el que varias lesbianas anónimas, de todas las
edades, daban la cara y exhortaban a las “tapadas” a que lo hicieran también. Bien erguidas sobre el
escenario, acompañaron el acto de la proyección algunas actrices y políticas de renombre (apenas cinco o
seis, no nos entusiasmemos). Pero la movida no terminó en la vía pública. El Congreso de Diputados
recibió a dos integrantes de la Glttb que leyeron en el Parlamento un manifiesto reivindicativo de los
derechos de las lesbianas. Está claro: la necesidad de generar un “apartado” que aliente la visibilidad del
colectivo lésbico corrobora el imperio social de la invisibilidad. La confección de un manifiesto suena a la de
una declaración de existencia y no está tan lejos de haberlo sido. En él se reclaman desde protocolos
ginecológicos que contemplen las prácticas lésbicas, hasta herramientas específicas para abordar la
violencia intragénero. Es que así como la visibilidad es una tarea constante, sin fin, las expresiones de
invisibilización que ofrece el sistema pueden no agotarse nunca. No existir para un protocolo ginecológico,
en términos de nuestra cultura, implica algo más que haber quedado por fuera de un campo de estudio
(sutil patadita nos da la medicina). En lo que a la vida cotidiana se refiere, los ejemplos de invisibilidad son
innumerables. Convengamos en que, para el común de la gente, es más fácil matar una ballena a
chancletazos que ver a una pareja de chicas como una pareja de chicas. Muy frecuentes son las
interpretaciones automáticas que convierten a dos mujeres tomadas de la mano en amigas, hermanas o,
depende de las edades, también en madre e hija, o tía y sobrina, cuando sus facciones divergen
demasiado. Cecilia Marín, integrante del grupo de arte feminista Mujeres Públicas, cuenta: “Una vez estaba
en la calle de la mano con mi novia y nos dijeron: ‘¡Ay, cómo se quieren las hermanitas!’. No sabían qué
hacer con esa información. Se lo aclaramos y se quedó perplejo el tipo”. Resulta obvio: no hubiera pensado
lo mismo ese señor frente a dos hombres de la mano.        

Una anécdota de Analía ejemplifica también esa perplejidad típica de quienes no pueden procesar lo que la
situación exige y responden desde el atolondramiento: “Hace unos años estábamos en Rosario con mi
novia y pedimos una habitación en el Hotel Savoy. Nos ofrecieron, por supuesto, una con dos camas. Yo le
dije que no, que buscábamos una con cama doble. Entonces el hombre me respondió: ‘¡Ay, pero qué
delicadas!’. Nunca entendimos lo que nos quiso decir”.        

Para Soraya (45), cofundadora de La Lesbianbanda, el problema de la invisibilidad social tiene dos puntas:
no pasa sólo por lo que los otros no quieren o no pueden ver sino también por cierto acomodamiento de
parte de las parejas de lesbianas a ese modo de ser vistas (o de no ser vistas). Dice: “A mí siempre se me
notó que el vínculo era otra cosa, aun sin estar besándome con mi novia, el erotismo se nota, es otra cosa
que el compañerismo. Yo creo que las lesbianas se escudan en la amistad y no muestran el erotismo, lo
cubren con un manto amistoso”.        

Quizás esta opinión tenga algún punto de comparecencia con el Manifiesto por la Visibilidad leído en el
Parlamento español, donde la “comodidad” resalta con luces rojas: “Las lesbianas hemos sufrido menos
rechazo (que los gays), incluso se han tolerado más fácilmente nuestras relaciones. Pero a esta
invisibilidad, cómoda hasta ahora, la estamos pagando cara”.        

Muchas veces, aun cuando se percibe y se muestra de un vínculo su cualidad erótica, la invisibilidad insiste,
adjudicándoles a sus componentes roles e identidades que no compliquen en nada la lógica social. Lo de
siempre: el binomio protagónico hombre-mujer y sus patrones derivados tienden, tenazmente, a conservar
su lugar de imperativo cultural. “Yo recuerdo que en parejas donde los roles están muy marcados, el trato
hacia ellas es semejante al que tendrían ante una pareja hétero –cuenta Cecilia Marín–. Lo que me pasa
con mi novia, por ejemplo, es que cuando pedimos un café y un cortado, el cortado se lo dan a Vero porque
la leen como más femenina; o paga ella y el vuelto me lo dan a mí.” Del mismo modo, expulsada de la
constelación de mujeres de nuestra cultura, una butch no será vista como una mujer deseante o deseable
sino como asexuada y a veces ni siquiera como una mujer, al igual que una obesa. ¿Por qué? Porque el
establishment publicita incansablemente una verdad que deja afuera a la mayoría y, por la cual, según sus
falsas premisas, feminidad hay una sola.        

Linaje

Un escueto pero efectivo linaje de lesbianas, que a lo largo del mundo han ido saliendo del closet, pone en
duda aquella verdad.        

Si arrancamos con los años ’80, vemos al fantasma de Navratilova sobrevolar la escena mediática. La
expatriada y fenomenal tenista checa había confesado públicamente su lesbianismo; pero, pese a la
claridad de la noticia, fue usada para alimentar la confusión. Así, la Navratilova pasó a ser una “rara” más y,
dentro de la gran bolsa de papas de lo indistinto, a verse también equiparada con la transexual Renée
Richards como si fueran el mismo “caso”. Pero lo que a ellas las relacionaba era el tenis y en un partido
histórico que las enfrentó, Martina salió ganadora. Para esta campeona checoslovaca, capaz de denunciar
en 1981 que en su país “los gays eran enviados a asilos para enfermos mentales y las lesbianas nunca
salían del armario”, las complicaciones de la visibilidad fueron graves y muchas. Nada hizo que se
desentendiera de la cuestión y, desde hace tiempo, colabora económicamente con agrupaciones Glttb.
Ocho años después, en un lejano país llamado Argentina, la rock star Celeste Carballo visitó Imagen de
radio, un programa televisivo conducido por el beatlemaníaco Juan Alberto Badía. Allí, la osadísima autora
de “Seré judía” confesó públicamente su romance con la cantante Sandra Mihanovich. Se armó un revuelo
bárbaro: el gesto transgresor de Celeste y la Generación había quedado del tamaño de un poroto al lado de
semejante declaración. No casualmente, digamos, ese hito en la historia de las lesbianas públicas
argentinas se dio en un espacio televisivo que ponía el énfasis en hacer visible lo invisible (recordemos que
el nombre del ciclo era Imagen de radio). La confesión de la chica de Coronel Pringles carecía de
precedentes en la memoria de un país todavía inexperto en cuestiones bastante básicas. En los ’70, la
sugerencia fílmica de que la Raulito era lesbiana había servido para reforzar la identificación de la
homosexualidad con la desgracia. Este no era el caso: a Celeste se la veía muy bien.        

Casi a finales de 1990 sucedió que, en Buenos Aires, de golpe y porrazo las calles se vieron tapizadas por
los provocativos afiches de los shows de lanzamiento de Mujer contra mujer, el primer hijo de Carballo-
Mihanovich. La foto del poster era elocuente, impactante e inédita para la época: las dos chicas desnudas
no ocultaban, ni un ápice, el erotismo que las vinculaba. Si bien la discográfica aprovechó la visibilidad del
dúo para la promoción del producto, e incluso para crearlo, no se puede negar que aquella campaña (como
casi todas las campañas que reproducen esta estrategia) tuvo (tiene) un efecto transformador en nuestra
cultura. Con Mujer contra mujer se confirmó que lo que Carballo confesó en el programa de Badía era cierto,
que las lesbianas tenemos cara y la podemos dar, y que el lesbianismo no se terminaba tampoco con ellas
dos. De hecho, uno de los hits de aquel disco (“Te quiero”, que para sorpresa de Benedetti terminó
dándoles letra no a los tupamaros uruguayos sino a las lesbianas argentinas) se convirtió en, casi, una
exhortación a la visibilidad. “Somos mucho más que dos” cantaban pletóricas de entusiasmo Sandra y
Celeste, y a partir de ese momento las voces empezaban a multiplicarse.        

En 1991, cuando nuestra sociedad creía haber descansado de tanto ajetreo, Ilse Fuskova fue a almorzar
con Mirta Legrand. En esa glamorosa mesa dedicada al tema de “la homosexualidad”, la autora de Amor de
mujeres y Cuadernos de existencia lesbiana contó su historia. Se imponía entonces un nuevo modelo
visible de lesbiana: la señora de su casa, ya mayor, capaz de resignar los privilegios de la
heterosexualidad. Resultó escandaloso, claro. Madre y abuela, además de periodista y ex azafata, Fuskova
parecía más cercana a la ficción que a la realidad, y sus declaraciones revolvieron el avispero de un mundo
“normal” a partir de ahí sospechado. Quedó así instalado un conocimiento que hasta estos días se prefiere
olvidar: cualquier mujer, incluso una abuela, puede volverse torta.        

En la década del ’90, las diferencias políticas e ideológicas caían en la disipación. No sólo en la Argentina
sino también en el ámbito internacional reinaba esta especie de proceso mórbido. En 1997, a contrapelo de
su época, la actriz estadounidense Ellen De Generes hizo el coming out junto a su personaje Ellen Morgan.
En ese episodio, Morgan se asume lesbiana frente a la terapeuta, y ésta le contesta: “¡Era hora!”. Ellen cree,
entonces, que ha llegado el fin de su análisis, pero su analista le responde que no, que, más bien, la cosa
recién empieza. Por supuesto: nadie se libera del peso de la invisibilidad por asumirse ante su analista,
sus padres o amigos. La visibilidad no es algo que se hace de una vez y para siempre sino
permanentemente. Y, en este sentido, Ellen ha sido, y es, una gran trabajadora. Pero una gran trabajadora a
la que, con una excusa irrisoria, le levantaron el programa tras su salida del closet. Afortunadamente, los
capítulos de aquella serie marcaron un hito e instalaron una variación más: una torta también puede ser
humorista. Y de las brillantes.        

En el año 2005, Warner Channel trajo una grata sorpresa: The L Word. Por primera vez en una serie, la
problemática lésbica ocupó el centro de la escena. Y si bien la belleza y el holgado estilo de vida de sus
protagonistas fueron objeto de alguna crítica, estas características también propusieron, entre otras cosas,
un modelo glamoroso al que las lesbianas no estamos muy acostumbradas. Por otra parte, la tira enfatiza
no sólo la importancia de los vínculos amorosos sino también la amistad entre ellas: punto nodal en la
serie y en la vida. Aunque a veces las chicas de The L Word también se pongan tristes, no dejan de
mostrarse espontáneas, sueltas y siempre visibles (la visibilidad jamás es un problema para ellas).        

Presente y futuro        

Hoy en día, comparando con diez años atrás, abundan referentes lésbicos que van desde las parejas de
lesbianas que vemos por la calle a las de las tiras televisivas como The L Word, Sugar Rush, o incluso
Mujeres de nadie. También hay de las otras. Años atrás escuché decir a un poeta (gay) que una conocida
escritora (hoy conocida) hacía un “mal uso del lesbianismo”, ya que, para hacerse famosa, lo había
incorporado como un atractivo más a su exótica personalidad, y sin siquiera haber amado jamás a una
mujer. Era una adelantada, sí señora: había pescado tempranamente una tendencia del mercado que la
ayudaría a tocar la gloria. Y si bien todo suma, y en algún punto hasta el beso monstruoso que se dieron
Moria Casán y Graciela Alfano para la televisión pareciera aportar su granito de arena a la visibilidad, no hay
que dejarse engañar. Ellas encarnan un modelo de consumo: el dos por uno de una fantasía heterosexual,
al igual que las dos hermosas chicas que posan, bien pegaditas, para un cartel que atraviesa la
Panamericana promocionando no sólo una marca de cerveza sino la perla de un lesbianismo vacuo,
ofrendado a la complacencia masculina. Las lesbianas reales no entramos en las variables marketineras
todavía.        

Dice Cecilia Marín: “Ahora, para una adolescente es más fácil asumirse, porque todo el entorno lo tiene
asumido, las lesbianas ya somos parte del imaginario y existen referentes”. Analía expone algo similar.
Para ella también el terreno de la visibilidad es otro que años atrás: “Cuando yo era chica, no era tan común
ver a dos mujeres de la mano. De nuestra edad sí, una que otra; pero más grandes, ninguna. Ahora sí,
ahora veo de todo, no serán todas las que hay, ni mucho menos, pero noto que, por suerte, es bastante
más habitual que quince años atrás”.Sin embargo, la relación con la realidad y con los modelos de
visibilidad que en ella se despliegan no es igual para todo el mundo. Previamente a salir con mujeres, para
Marina (33, psicopedagoga) las lesbianas eran propias de un mundo de fantasías: “Yo no sabía que
existían. Recién cuando empecé a salir con chicas descubrí ese mundo que estaba oculto, invisible. Ahí
conocí a personas a las que les pasaba lo mismo que a mí. Esto no fue hace tanto tiempo. De todos
modos, sólo a partir del momento en que hablé con mi familia y con mis amigos comencé a mostrarme...
dejé de poner excusas, de ocultarme. Entonces empecé a ser más clara y, también, a sentirme más yo
misma”.

También Soraya comparte esta especie de reencuentro o refuerzo identitario a partir de su salida del closet,
el primer paso de una visibilidad cada vez más abarcativa: “Yo tenía un novio, les quise decir a mi novio, a
mis padres, a mis hermanas, no me importó nada. Se armó una revolución, y fue como encontrar el centro,
ese episodio figura en mi vida como el clave, que me abrió las puertas a mí misma. Se ve que la sexualidad
es algo muy importante, por algo se reprime tanto”.

El closet, se ve, tiene muchas puertas. Decirlo en casa no implica no tener que volver a decirlo en otro
ámbito. Nadie dijo que sería fácil, ni que, durante la post-esclavitud, la afrodescendiente Rosa Parker fue
acusada de revoltosa por negarle a la pálida mujer del alcalde su asiento en el colectivo. “No soy rebelde,
estoy cansada”, declaró en su defensa Rosa cuando fue interrogada. El cansancio, en ese caso físico, pero
no sólo físico, es también el resultado de andar por la vida cargando un peso: obediencia, silencio,
vergüenza, simulación, etcétera. Y si en la práctica el hallazgo del descanso y su manifestación toman la
forma de una revuelta, entonces, bienvenida sea.


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