representación actual. Sin embargo, hay que problematizar ese contraste. Es importante
identificar en ese pasado que a pesar del peligro que podía implicar el hecho de ser
descubiertos como homosexuales eso no impidió que la gente se encontrara y
desarrollara espacios para vivir su sexualidad. Aunque estos espacios a la vez
reprodujeron las reglas dominantes de género y sexualidad, también jugaron con eso.
En un momento en que las instituciones decían “no pueden existir” ellos y ellas existían;
“no pueden tener parejas” y ellos y ellas las tenían, y hasta había matrimonios, no
jurídicos, pero sí simbólicos. Es decir, había espacios de resistencia.

La imagen que se crea del presente es en mi opinión confusa, y se centra en el hecho de
que ahora las parejas del mismo sexo en Colombia tienen todos los derechos menos el
de la adopción. Pero hay que preguntarse qué pasa con los que no pueden hacer uso de
esos derechos. ¿Qué pasa con los gays y lesbianas de clases populares? ¿Qué pasa
con la violencia que sigue siendo muy fuerte en general y particularmente hacia las
travestis? ¿Y con las agresiones verbales?

Esta imagen del presente está funcionando un poco como la idea del paraíso racial con
su consecuente negación del racismo, porque ahora parece que en Colombia vivimos en
el paraíso de las minorías sexuales, y no es exactamente así. Y de hecho, ante tanta
institucionalización del tema LGBT se identifican pocos espacios de resistencia y pocas
críticas, no sólo verbales sino en las prácticas sociales del funcionamiento del orden
hegemónico. En todo caso, la mirada a estas experiencias ‘pasadas’ va más allá de
generar un contraste con el presente; tampoco se trata de idealizar el pasado, se trata
más bien de tener miradas complejas cuando comparamos experiencias en contextos
históricos diferentes.






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diferenciada de la sociabilidad femenina, lo que no implica que esas expresiones no
estuvieran cercadas de límites o que las mujeres estuvieran completamente
preservadas de situaciones concretas de discriminación y violencia.

¿Qué otras diferencias encontró entre hombres y mujeres?

La menor disponibilidad de lugares para ellas es una diferencia fundamental. De hecho,
en muchos lugares para hombres prohibían la entrada a mujeres, o se aumentaba el
precio de entrada para ellas.

Otra cuestión estaba relacionada con la posibilidad de llevar a cabo proyectos de
convivencia. No obstante las dificultades para alquilar eran comunes, las mujeres tenían
una desventaja adicional que estaba asociada con la idea de que ellas no eran
económicamente independientes, lo cual implicaba más dificultades para que una
pareja de mujeres pudiese alquilar un apartamento, pues se dudaba de su capacidad de
pago.

¿La penalización de la homosexualidad marcó alguna diferencia o era del tipo de leyes
que en realidad no se aplican y cumplen más una función moral, como podría decirse
del caso de la penalización del aborto?

Traté de averiguar no sólo la existencia de bares, discotecas y otros lugares de
encuentro sino también cómo se aplicaba la penalización. Efectivamente, en 1980 se
despenalizó la homosexualidad, cuestión que podría haber introducido un cambio en
relación a la sociabilidad, pero parece que no fue exactamente así. De hecho, llamó mi
atención que muchas personas que vivieron en la época no recuerdan que la
homosexualidad estuviera penalizada, y hasta llegan a poner en duda que fuera así. Un
entrevistado me dijo abiertamente que eso era un invento de los activistas para
victimizarse y que en realidad nunca hubo en Colombia una ley que penalizara la
homosexualidad. Y otro por ejemplo, cuando le pregunté si sabía cuándo se había
despenalizado la homosexualidad me respondió que con la Constitución de 1991, lo
cual es bastante significativo de lo que significó la reforma constitucional como cambio
social, pero también de lo poco que en la
www.ambiente.us   JUNE | JUNIO 2010

La transición gay en Colombia. Del “ambiente” a la ciudadanía

Estudio sobre sociabilidad gay y lésbica en la Bogotá de los años setenta
y ochenta

Silencio, discreción, códigos de reconocimiento mutuo, resistencia a los ataques
policiales, desconocimiento de la penalización formal de la homosexualidad son
algunas de los aspectos abordados por el historiador Piero Pisano en su estudio
sobre sociabilidad gay y lésbica en la Bogotá de los años setenta y ochenta.

En un trabajo de corte histórico sobre sociabilidad gay y lésbica en la Bogotá de los
años setenta y ochenta, el historiador Piero Pisano relaciona experiencias de ese
periodo con cuestiones actuales del campo de los estudios sobre sexualidad,
especialmente las relativas a la política y a los derechos de las minorías sexuales.
Pisano es historiador de la Universidad de Trieste, Italia, y candidato a Magíster en
Historia de la Universidad Nacional de Colombia.

En términos generales, cuéntenos en qué consiste su trabajo y la metodología
utilizada.

Se trata de una investigación exploratoria que inicié sobre sociabilidad gay y lésbica
en los años setenta y ochenta en Bogotá. El trabajo se centró en tres aspectos: el
lenguaje, la sociabilidad en lugares de encuentro (bares, discotecas) y la sociabilidad
en espacios abiertos.
.
.
.

homosexualidad en Colombia, aunque ese riesgo continuó después de la
despenalización.

Una cosa que emerge en casi todos los relatos es que casi no se usaban categorías
como ‘homosexual’, ‘gay’ o ‘lesbiana’, ni para definir a otros ni para autodefinirse, sino
que se utilizaban otro tipo de expresiones: “te gustan los hombres” o “te gustan las
mujeres” en el caso de ‘gays’ y ‘lesbianas’ respectivamente, y esto en ambientes donde
ya se tenía la seguridad de estar teniendo un contacto con otra persona homosexual. En
otros contextos, se utilizaban expresiones más neutras como ‘ser de ambiente’,
expresión bastante ambigua que podría interpretarse como ser homosexual, ser alegre o
disfrutar el estar en compañía. Así también se usaba ‘amigo’ para presentar la pareja en
contextos donde no se conoce la orientación sexual de la persona con quien se habla o
para justificar ante familiares la convivencia con la pareja, expresión que por cierto se
sigue utilizando.

Ahora, ese código compartido no necesariamente tuvo siempre el efecto buscado, pues
estaba latente el peligro de ser descubierto. Según mis entrevistados, en los años 80
llegó un momento en que la expresión ‘amigo’ dejó de ser eficaz ya que empezó a existir
mayor conciencia entre personas no homosexuales de que ese lenguaje encubría la
existencia de una pareja homosexual. Esto fue común entre arrendatarios, lo cual hacía
difícil que una pareja gay alquilara un apartamento.

¿Qué cuestiones emergen cuando se indaga sobre los lugares de encuentro?

Hay referencias de lugares de encuentro para homosexuales en Bogotá probablemente
desde los años veinte, especialmente bares.
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Algunas noticias de prensa relatan la llegada de la policía a estos sitios en ese periodo.
Pero es a partir de la década de los sesenta cuando hay una presencia relativamente
importante en dos zonas de la ciudad: el Centro y Chapinero, esta última concentra la
mayoría de lugares actualmente. Además de los bares y discotecas existían cines porno,
residencias para personas homosexuales y parques, donde se destacan el Parque
Nacional y el de La Independencia.

Eran especialmente lugares para hombres aunque también había espacios para
mujeres, inclusive una entrevistada reportó un lugar para mujeres desde los años
sesenta. En los ochenta parece que existió un bar llamado Bilitis, ubicado en el centro de
Bogotá, nombre que por cierto llevaba también un importante bar gay en San Francisco,
California.

En los lugares para hombres, la llegada de la policía representaba una amenaza que era
respondida con estrategias diversas como la selección de la clientela, la cual se
centraba en reducir los ‘elementos que hicieran visible’ la homosexualidad. Así, las
llamadas ‘locas’ y las travestis eran particularmente vetadas, lo cual estaba relacionado
no sólo con una representación negativa sobre su peligrosidad sino también con una
mayor valorización del estereotipo masculino –como señala también Horacio Sívori en el
caso de Rosario, Argentina, en los años noventa. Cabe destacar que según los
entrevistados la mayoría de esos lugares estaban dirigidos a la clase media, de hecho el
precio de ingreso y la selección en la entrada dificultaban el acceso a personas de
sectores medio-bajos y populares, consideradas peligrosas. Seguramente también
entraban a jugar en esa selección diferencias étnico-raciales.

En el caso colombiano la cuestión de la visibilidad cobró un valor particular en un
contexto penalizado, y en ese sentido, la presencia de ‘locas’ y travestis podía hacer
evidente el carácter del lugar, con el consecuente peligro de arresto por parte de la
policía. Esta situación no sólo exponía las personas a agresiones físicas incluyendo
abusos sexuales, sino que además podía hacer que familiares y la sociedad en general
se enteraran de las prácticas sexuales de las personas que frecuentaban esos lugares,
dado que, según varios testimonios, la policía llamaba
.

a la casa de los arrestados e informaba que los habían encontrado en un “lugar de
maricas”. Efectivamente, cuando llegaba la policía, debían tratar de parecer ‘normales’.
Para ello, las parejas del mismo sexo que estaban bailando se soltaban y si había
presencia de mujeres en el lugar se conformaban parejas de hombre y mujer. Pero la
presencia de ‘locas’ y de travestis arruinaba el simulacro de normalidad, el “hacer teatro”,
como refería uno de los entrevistados.

Además de bares y discotecas, ¿con qué otros lugares contaban las personas para
conocerse e interactuar?

No todo el mundo frecuentaba bares y discotecas, algunos conocían gente en la calle.
Para ello, explicaban algunos entrevistados, el recurso privilegiado era ‘la mirada’,
mecanismo basado en un proceso de naturalización de los rasgos que son
supuestamente típicos de los hombres homosexuales y que permitía reconocer a otras
personas en contextos públicos. Esos contextos eran muy variados, iban desde lugares
específicos como los parques que mencioné o la Carrera Séptima (aledaños todos al
Centro), hasta buses y fiestas en casa de amigos.

Cabe anotar que ‘la mirada’ es una marca generacional. Tuve la oportunidad de
entrevistar sobre aspectos similares a personas que tienen hoy entre 20 y 30 años y
desconocen el lenguaje de ‘la mirada’. Las personas jóvenes frecuentan diversos
lugares como bares y discotecas abiertamente gay, participan de chats, entonces no
necesitan reconocerse mutuamente en la calle porque tienen más recursos de
sociabilidad que la generación de la que hablo y que tuvo que desarrollar esas
estrategias de reconocimiento. Asimismo, el cruising en los parques es muy
generacional.

Me parece también interesante el caso de las mujeres, aunque me fue más difícil
encontrar mujeres de la generación que investigo que concedieran entrevista. No
obstante, una entrevistada me contó la manera como las mujeres podían tener
expresiones de cariño más abiertas en la calle: una pareja podía ir tranquilamente de la
mano por la calle o abrazarse en un parque sin el peligro de ser insultadas o agredidas
físicamente. Esto se da por una cuestión de representación
.

                                                         La investigación está basada en entrevistas
                                                         biográficas a personas mayores de 50 años,
                                                         por dos razones. La primera de ellas es que
                                                         en Colombia es bastante complicado acudir
                                                         a otro tipo de fuentes: no hay prensa
                                                         específica para ese periodo y es difícil
                                                         conseguir revistas dirigidas para público
                                                         homosexual, aparentemente la primera de
                                                         este tipo fue Ventana gay, en 1980. La
                                                         segunda cuestión es que se ha trabajado muy poco
en Colombia sobre la homosexualidad desde el punto de vista histórico. Con
excepción del trabajo de Walter Bustamante, es poco lo que se ha hecho al
respecto en historia contemporánea, además de algunos estudios aislados sobre
el periodo colonial. Y los escasos trabajos que hay se centran más en las
representaciones institucionales sobre la homosexualidad, y menos en la manera
en que hombres y mujeres homosexuales vivían su condición. Mi interés es
recoger la voz de las personas que vivieron en carne propia la condición de ser gay
o lesbiana en esos contextos.

¿Qué puede decirnos sobre los aspectos del lenguaje?

Es importante destacar el papel del lenguaje a la vez como mecanismo de
protección pero también como mecanismo de acercamiento entre personas
homosexuales, muchas veces en contextos no homosexuales. Las personas
entrevistadas lidiaban con el asunto de ser o no descubiertos y así evitar la
discriminación, que en el caso de los lugares podía llevar incluso hasta el arresto,
por lo menos hasta 1980 cuando fue despenalizada la
.

práctica se aplicaba aquella ley.

De hecho, los abusos de la policía continuaron después de la despenalización, así como
el carácter secreto de los lugares. Efectivamente el cambio a una situación más pública
de los lugares no estuvo relacionado con la despenalización sino con otros hitos como lo
reflejan las respuestas de las personas entrevistadas.

¿Cuál cree usted que es la pertinencia de este tipo de acercamientos históricos en el
campo de los estudios sobre sexualidad?

La pertinencia se puede ver en varios sentidos. Creo ante todo que es importante
rescatar los acontecimientos del pasado, en particular lo que tiene que ver con la historia
de las minorías. Pienso que algunos mecanismos de la sociabilidad en el pasado
pueden ayudar a explicar también algunos problemas que se presentan en la actualidad.
Por ejemplo, la cuestión que referí de discriminación hacia las travestis en los lugares de
sociabilidad se sigue dando hoy en Bogotá, lo cual expresa la permanencia o
actualización de mecanismos que dificultan la existencia de unos sujetos sexuales y
facilitan la de otros. No es casual que la posición más favorable siga siendo la de los
hombres y particularmente la de los hombres masculinos. Y existe una cuestión
parecida en relación con lo femenino en la que un modelo de feminidad tradicional es
más valorado mientras se estigmatiza la mujer masculina.

Además, es relevante observar cómo esas son dinámicas históricas que todavía hoy
persisten y hacerlo en perspectiva hacia el pasado puede ayudar no sólo a entender sino
a someter a crítica determinadas concepciones de la masculinidad y de la feminidad.

Es interesante también acercarse a lo que significa el ‘pasado represor’ creado en
contraste con un ‘presente de derechos’ alcanzados. Yo creo que en Colombia se está
creando una representación de país abierto, incluyente de las diferencias, una idea
armónica tanto con la ideología del mestizaje como con la reforma constitucional de
1991. Y esa imagen de contraste es muy útil para esa
.

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Out in the Tropics
Festival
June 7-11, 2010